23. Confesiones inesperadas
Alessandro
El apartamento de Mateo estaba exactamente como lo recordaba desde antes de que nos fuéramos a Londres: desordenado. Pero como él decía, lo encontraba todo.
Cuando toqué la puerta cerca de las once, mi mejor amigo me abrió como si hubiera estado esperándome.
—Tienes cara de funeral —dijo, haciéndose a un lado para dejarme entrar—. ¿Qué pasó?
Me dejé caer en el mismo sofá que había presenciado tantas confesiones a lo largo de los años. Tenía razón al no querer mudarse cuando se lo pro