Los días que siguieron a la confrontación se volvieron una lenta tortura. La aldea estaba visiblemente dividida. Las miradas que antes eran de curiosidad ahora eran de juicio. Algunos aldeanos evitaban a Nayra, sus ojos clavados en el suelo como si temieran que su blasfemia fuera contagiosa. Otros, como Xana e Itzli, la trataban con una devoción aún más intensa, viendo en su audacia la prueba definitiva de su linaje divino.
Nayra convirtió el cuidado de su pequeño jardín en un ritual diario. Ca