El solitario brote de maíz se convirtió en un santuario. Por la mañana, los aldeanos dejaban a sus pies pequeñas ofrendas: una flor exótica, una piedra de río de forma interesante, una pluma de pájaro brillante. El pequeño jardín de Nayra se había transformado en el corazón espiritual de la aldea, un testamento viviente de su poder.
Pero Nayra sabía que un solo brote no podía alimentar a una tribu. La fe era su cimiento, pero la comida sería su imperio. No esperó. Capitalizó el impulso de su vi