La penumbra del crepúsculo invernal envolvía los salones superiores de Colmillo de Plata en una atmósfera de quietud majestuosa. A través de los ventanales de bismuto pulido, las montañas del norte se alzaban como colosos de granito vestidos de blanco, bajo un cielo teñido de violeta y oro. Las llamas de los braseros rúnicos chisporroteaban con un ritmo constante, proyectando destellos cálidos sobre el suelo de piedra negra y disipando hasta el último vestigio del frío siberiano que aullaba en