El amanecer irrumpió sobre la Cordillera del Norte no con la tibia luz estival de otras latitudes, sino con un fulgor metálico y cortante. Los rayos del sol naciente chocaban contra las crestas de bismuto rúnico de Colmillo de Plata, proyectando destellos prisma sobre la nieve perpetua. En las fraguas subterráneas de la fortaleza, el golpeteo del hierro y la aleación no cesaba; el imperio no descansaba, simplemente mutaba hacia su fase de consolidación definitiva.
En la gran galería de los espe