Las semanas posteriores a la ocupación de las llanuras de seda transcurrieron con la precisión despiadada de un invierno siberiano. El flujo de carros de tributo meridionales ya no era un evento extraordinario, sino una constante que alimentaba los silos subterráneos de Colmillo de Plata. El trigo, el aceite rúnico y las telas pesadas del sur se acumulaban en los depósitos de la fortaleza, permitiendo que la manada pura y la Guardia de la Sombra mantuvieran su estado de alerta absoluta sin desv