El canto de los gallos de bismuto rúnico en los corrales inferiores de Colmillo de Plata marcó el inicio de una jornada donde el papel se volvería tan letal como el acero. El frío del amanecer traía una neblina densa que ascendía desde los valles occidentales, envolviendo las torres de la fortaleza en un abrazo blanquecino que dificultaba la visibilidad a más de veinte metros. Sin embargo, en el ala de gobernación de la Casa Auren, las luces rúnicas de las oficinas contables ya parpadeaban con