El aire en el patio principal de Colmillo de Plata era tan denso que parecía cristalizarse a cada exhalación. El gobernador del noroeste, un lobo de hombros anchos y pelaje canoso por el humo de las forjas, aguardaba de pie junto a su séquito frente a las escalinatas del gran salón. Vestía pieles de visón oscuro y llevaba en el cinto la pesada daga ceremonial de las marcas mineras, pero la fijeza gélida con la que la Guardia de la Sombra lo flanqueaba mantenía a sus hombres en una inmovilidad r