La orden de la Emperatriz de la Sombra se ejecutó con la frialdad matemática que caracterizaba cada una de sus campañas. En menos de veinticuatro horas, el horizonte del suroeste se tiñó de un azul cobalto fantasmal. Las colinas de arcilla, que alguna vez sirvieron de refugio para los desposeídos del oeste y los fugitivos del sur, se convirtieron en un gigantesco horno al aire libre. La mezcla inestable de bismuto negro y pólvora húmeda que los rebeldes intentaban perfeccionar reaccionó con vio