La quietud que reinaba en los aposentos imperiales tras la partida de Branka era un espejismo que solo los soberanos del norte podían permitirse disfrutar, aunque fuera por breves instantes. Mientras el calor del pecho de Alek aliviaba la constante tensión en la espalda de Vanya, la estratega no dejaba de trazar mapas invisibles en la oscuridad de su mente. Sura, su loba, permanecía en un estado de vigilia silenciosa, con las orejas gachas y el hocico apuntando hacia el oeste. La victoria sobre