La tensión en Colmillo de Plata se podía cortar con el filo de una espada de bismuto. A medida que las semanas avanzaban, el invierno se recrudecía, sepultando los caminos bajo metros de nieve compacta y convirtiendo los desfiladeros del oeste en trampas mortales de hielo y roca. Pero la verdadera amenaza no provenía de las nubes cargadas de tormenta, sino del silencio sepulcral que había comenzado a devorar las líneas de suministro imperiales.
Vanya permanecía sentada en el gran sillón de robl