El patio de armas de Colmillo de Plata estaba flanqueado por antorchas de brea que desafiaban la ventisca del norte. Los tres gobernadores del oeste permanecían arrodillados sobre la losa de piedra helada, con las cabezas gachas y la respiración entrecortada formando nubes de vapor en el aire invernal. Frente a ellos, en el estrado superior, Alek y Vanya se alzaban como dos deidades oscuras talladas en el mismo bismuto que ahora controlaban.
Alek dio un paso al frente. El viento agitaba su pesa