El cielo sobre las Colinas de Hierro parecía un lienzo de ceniza aplastado contra las cumbres rocosas. La tormenta del norte enviaba ráfagas cortas que hacían tintinear las armaduras de los Colmillos de Hierro, la fuerza de élite de Gideon, que permanecía apostada en la cima del relieve principal como una muralla infranqueable de escudos superpuestos y lanzas erguidas.
Abajo, ocultos en la penumbra del cauce seco y fangoso que bordeaba las formaciones rocosas, Vanya y Alek observaban el desplie