Él me ayudó a bajar del coche con cuidado, con la mano firme en mi cintura para sujetarme. El frío de la noche golpeaba la piel descubierta, pero el calor del asiento del coche aún se pegaba a mí, un contraste raro que me dejó más mareada de lo que debería.
— Gracias por la ayuda… ya puedes irte, ¿vale? — dije, intentando sonar convincente. Quería estar sola, respirar un poco.
Él me miró con una expresión que no supe descifrar al principio. Parecía que cada músculo de su rostro estaba luchando