(Christian)
La luz del domingo llenaba la habitación, cálida y suave. Ariel estaba a mi lado, dormida profundamente. Su pelo extendido en la almohada, la respiración tranquila. Me apoyé en el codo solo para quedarme mirándola. Estaba preciosa así, tan serena, lejos de todas las locuras que nos rodeaban.
Hoy iba a ser nuestro día. Nada de trabajo, nada de problemas. Solo nosotros dos.
Entonces mi móvil vibró en la mesilla. Lo cogí rápido para no despertarla. Era Samael.
“La carnada está puesta.