―¡Qué! ―exclamé asombrada, con los ojos bien abiertos y el desconcierto remarcado en mis pupilas.
Tara se rio por lo bajo y se dejó caer sobre el reposabrazos del sillón. Estaba girada para verme mejor, así que apoyó la espalda sobre el reposabrazos.
―¿Te extraña?
―No… ¿Sí?
―Pues es que es uno de mis sueños, ¡qué quieres que te diga, mujer! Siempre he querido verlo, grabarlo, quizá que lo haga con otra mujer, que se la coja con fuerza, que se coma su cuerpo, mientras lo filmo desde diferentes á