―¿Qué…? ―pregunté sin pensar, mi boca moviéndose sola.
―Llevo un rato preguntándote algo y te has quedado mudo, sin responderme, ausente ―indicó con gravidez, no estaba precisamente ofendida solo extrañada.
Casi nunca me perdía de lo que decía, o al menos trataba de seguir su charla, pese a que, en ocasiones, cuando me esperaba con poca ropa, como en esa vez, mi cerebro se hacía papilla.
Sabía que lo hacía a posta, que la lencería la compraba para provocarme, no porque fuera cómoda, y le gustab