Aspiré hondo y resoplé. El sujetador me estaba torturando, además, el calor sofocante no ayudaba.
―Nada, descuida, es el tonto sujetador ―lloriqueé.
Mis manos se tensaron, quería masajearme los pechos, sacarme un poquito de leche para aliviar la sensación, pero no podía, no frente a alguien más, incluso si esa persona era Tara.
―¡Pues quítatelo! ―profirió con obviedad.
Alcé las pupilas y negué.
―Venga, no seas boba. Si te duele y quitarte ese maldito artilugio te va a servir, deberías tirarlo.