La mansión estaba en silencio, un silencio pesado, casi opresivo, roto únicamente por el sonido de una respiración agitada y el golpeteo constante de un reloj de pared. Afuera, la lluvia continuaba cayendo con furia, como si quisiera lavar con su estruendo el veneno acumulado en aquellas paredes.
Isabela estaba sentada en uno de los sofás de terciopelo rojo, con la espalda recta pero los hombros cargados como si pesaran toneladas. Frente a ella, un vaso de vino medio vacío descansaba sobre la m