El amanecer bañó el castillo con un resplandor dorado. Las paredes, que en otras épocas habían sido mudas testigos de luto, parecían hoy iluminarse con la calidez de voces nuevas. El aire olía a café recién hecho, a pan horneado y a la promesa de un día diferente.
En la cocina, Emma y Clara estaban frente a los fogones. Emma revolvía una olla con atención, aunque su rostro se iluminaba cada tanto con risas suaves mientras escuchaba a Daniel hablar sin descanso.
—Y entonces, Emma, planté una sem