El eco de la tormenta había quedado atrás, pero en el castillo la tensión era mucho más densa que cualquier nubarrón. Las paredes de piedra, otrora silenciosas, ahora vibraban con los pasos apresurados de los sirvientes que corrían por los pasillos, susurrando rumores que nadie se atrevía a confirmar en voz alta: Isabela había vuelto.
Alejandro lo sabía. Sentía su presencia antes de verla, como una sombra que se colaba por las grietas de su mundo. Estaba sentado en su estudio, los ojos fijos en