El agente inmobiliario caminaba unos pasos adelante mientras Emma, Alejandro y Sofía recorrían la calle empedrada. El barrio tenía ese encanto que parecía sacado de una postal: fachadas color pastel, macetas colgantes, puertas antiguas restauradas y un silencio amable que solo se veía interrumpido por el sonido del mar a lo lejos.
—Esta es la última opción del día —anunció el agente—. Una casa familiar, acogedora, muy luminosa… perfecta para comenzar de nuevo.
Emma intercambió una mirada rápida