El sonido del timbre retumbó en el silencio del refugio, y el eco metálico hizo que Emma levantara la vista del escritorio. Afuera llovía sin fuerza, una llovizna fina que empañaba los ventanales y envolvía el mundo en gris.
Cuando abrió la puerta, un hombre esperaba bajo un paraguas oscuro.
—¿La señora Blackwood? —preguntó con voz formal.
—Sí —respondió Emma, aunque ese apellido todavía le pesaba en los labios.
El hombre asintió, sacudiéndose el abrigo. —Soy el inspector Vargas. Fui contactado