No fue una discusión lo que los llevó a hablar.
Fue el cansancio.
Ese cansancio que ya no se podía maquillar con rutinas ni con silencios bien educados. Ese que se instala cuando las palabras no dichas pesan más que las pronunciadas.
Emma fue la primera en romperlo.
No con reproches.
No con lágrimas.
Con una calma que asustaba más.
—Tenemos que hablar —dijo, mientras dejaba una taza de café frente a Alejandro.
Era temprano. Sofía aún dormía. Isabella respiraba suave en su moisés. La casa estaba