Alejandro no durmió esa noche.
No porque el cuerpo se negara al descanso, sino porque la mente había decidido no concedérselo. Cada vez que cerraba los ojos, la pregunta de Emma regresaba, intacta, sin perder filo:
¿Te quedarías si no te necesitara?
No había respuesta posible que no implicara una pérdida.
Se levantó antes de que amaneciera. La casa estaba en silencio, suspendida en ese momento frágil donde todo parece a salvo porque nadie está despierto para notar las grietas.
Preparó café sin