El viento de la tarde arrastraba el olor del jazmín hasta las ventanas del despacho. A veces pienso que el perfume de esas flores se ha convertido en el nuevo latido de esta casa: llega suave, parece calmarlo todo, pero deja un silencio que inquieta.
Lucía estaba frente al escritorio, con un sobre en las manos. No hablaba, no parpadeaba. Solo miraba el sello rojo, la firma cuidadosamente dibujada con una tinta que brillaba bajo la luz.
“Leticia Salvatierra.”
Sentí cómo el aire se me encogía en