Lucía aún sentía la sien palpitando del golpe de Julián, pero no había tiempo para compadecerse. Sentada en el salón principal del castillo, rodeada de mapas, carpetas y teléfonos encendidos, el dolor se mezclaba con una determinación ardiente. Cada latido de su corazón era un recordatorio: Arturo Salvatierra había osado poner sus manos en Daniel, un niño que no merecía cargar con las deudas de los adultos.
—Te juro que te voy a destruir —susurró para sí, mirando el sobre con los documentos que