La madrugada había caído sobre el castillo como un manto frío. Las velas iluminaban apenas los pasillos de piedra, y el aire olía a humedad y a tensión contenida. El contacto con el capitán Rodrigo Méndez había encendido una chispa de esperanza en el grupo, pero también había traído consigo una carga de miedo: si él estaba dispuesto a ayudarlos, entonces también estaba en peligro.
Emma y Alejandro caminaban juntos por el pasillo, sus manos entrelazadas. Él llevaba la mirada fija al frente, pero