Diez años atrás, Rügen, Alemania…
El coche avanzaba por el camino de grava como si estuviera entrando a una propiedad que no pertenecía al mundo ordinario.
La residencia Falkenheim emergió entre los árboles como un castillo moderno: líneas limpias, ventanales amplios, piedra oscura. Fría. Intimidante.
Volker Adler frunció el ceño.
—No me gusta ese lugar —murmuró, cruzándose de brazos—. Siempre huele raro.
Su madre soltó una risa ligera, demasiado ligera.
—Huele a poder, cariño.
El niño rodó los