La fuerza de los secuaces de Alaric era como la de un torrente imparable. Me levantaron del suelo y me arrastraron hacia adelante. La roca fría bajo mis rodillas aún me quemaba, pero no me importaba. Ya nada me importaba, excepto salir de allí y hacerle pagar a ese maldito por lo que había hecho.
Mis cadenas me pesaban, pero mi ira las hacía casi invisibles. Me empujaron hacia el altar, ese altar que parecía una enorme roca destinada solo para uno: el sacrificio. A su alrededor, las sombras se