La cámara se llenó con el eco de mi risa, una carcajada que brotó de lo más profundo de mi ser y resonó con una furia indomable. Era como si la misma naturaleza rugiera conmigo, como si todo el peso de mi rabia y dolor se condensara en ese sonido.
—¿Eso es todo, Alaric? —dije, mirándolo con desafío mientras mis garras brillaban bajo la tenue luz de las antorchas.
Alaric permaneció inmóvil, observándome con esa maldita sonrisa de suficiencia que tanto deseaba arrancarle de la cara. Pero no estab