—Claro que lo sabes —susurró Arthur con una sonrisa torcida, una de esas que parecían esconder un secreto oscuro que yo aún no había revelado.
Su mirada penetrante me atravesaba, como si estuviera desnudando mis pensamientos.
—No, en absoluto —mentí, aunque el peso de la verdad colgaba en el aire.
Sí sabía su nombre, pero admitirlo habría sido cederle un poder que no estaba dispuesta a otorgar.
La rabia que emanaba de él, esa intensidad implacable, me atraía de una forma inexplicable. Era