Neriah
El aire está saturado, demasiado denso para mis pulmones, como si la cabaña se hubiera convertido en un sepulcro viviente. Cada inspiración me quema, cada expiración me cuesta, y sin embargo sigo respirando, jadeante, la espalda pegada a la pared rugosa, mis dedos crispados en la madera partida como si ese contacto pudiera anclarme, retenerme de ser absorbida por la tormenta que ruge frente a mí.
Kael está ahí, de pie, erguido, su silueta inmensa proyectada sobre las tablas temblorosas por el resplandor de las brasas. No se mueve casi nada, pero todo en él es tensión, potencia contenida, violencia a punto de estallar. Sus ojos arden, dos destellos rojos que me clavan, que me despojan, que me absorben. Tengo la sensación de que ya me está arrancando algo, que mi aliento, mi voluntad, mi cuerpo, todo le pertenece, ya.
— No te acerques, suelto, la voz áspera, ahogada, pero que sin embargo parte el silencio como un grito desesperado.
Él avanza. Un paso. Las tablas crujen bajo su pe