Debía grabarse a fuego que Kaleb era un jugador. Si aceptaba ese juego tenía que ser sabiendo de antemano hasta dónde ir y cuándo frenar para no caer en una situación que no podría manejar. Debía prepararse para verlo y no era fácil; no estaba acostumbrada a
lidiar con la carga de sensualidad que Kaleb desataría. Esto la tuvo en ascuas buena parte del sábado. Era un manojo de nervios; sabía que tenía que controlar lo que dijera con pena de hablar sin parar o quedar inmóvil.
Vestirse para el enc