Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 3: Límites que no se rompen
El aire del aeropuerto se sentía pesado y cargado de una tensión que parecía envolver todo a nuestro alrededor. Mis pasos se habían acelerado mientras me dirigía hacia la salida, con la intención de dejar atrás aquel lugar y, de algún modo, cerrar un capítulo que no había pedido reabrir en ese momento. Mis hijos, felices y confiados junto a Kiara, avanzaban a un ritmo tranquilo, ajenos a la electricidad que llenaba cada centímetro del espacio entre nosotros. Fue entonces cuando una mano firme y conocida sujetó mi brazo sin dejarme avanzar. Garcías a eso me detuve en seco, y un escalofrío recorrió mi columna. Antes de que pudiera reaccionar, sentí que me tiraban hacia atrás impidiéndome salir, por lo que volteé, y allí estaba él: Artemis Stavros, tan cerca de mí que podía sentir su respiración, tan intenso que incluso el ruido del aeropuerto parecía desvanecerse alrededor de su figura. Mis sentidos se activaron de inmediato y cada fibra de mí ser consciente de que no estaba dispuesto a dejarme ir sin más lo rechazaron.
De inmediato lo miré con cautela y una furia contenida. Cada recuerdo de aquel hombre, de su traición, de sus mentiras y de la injusticia que me había arrebatado mi vida, se concentraba ahora en sus ojos, en su postura, en la forma en que me sostenía. Kiara, al notar la escena, se volvió hacia mí con la intención de intervenir. Sus ojos estaban llenos de preocupación, pero yo solo le hice un gesto tranquilo y firme:
— Está bien… espérame con los niños en el auto — dije con mi voz en un tono firme, sin titubeos, y vi cómo entendía que esta era una batalla que debía enfrentar sola.
Sin decir una palabra más, Kiara tomó a los niños y comenzó a alejarse, guiándolos hacia la salida del aeropuerto. Sus ojos no dejaban de mirar a Artemis, quienes parecía observarlos con una mezcla de curiosidad y algo más profundo, pero no me importó. Solo quedamos él y yo en ese momento, en medio de un silencio que era casi eléctrico, donde cada respiración parecía resonar demasiado fuerte.
Finalmente, me solté de su agarre con fuerza, marcando mi propio espacio una vez más. Mis manos cayeron a mis costados, mi pecho se levantaba y bajaba con respiraciones profundas, y mis ojos, envueltos en furia, lo miraron directamente a los suyos. Ya no tenía derecho de tocarme, mucho menos de sujetarme de aquella manera. Esta mujer, Nerina Vassiliou, no era la que él recordaba: era más fuerte, más segura de sí misma, y no iba a permitir que él cruzara los límites que yo había decidido establecer.
— No puedes irte, Nerina —dijo Artemis, rompiendo el silencio con un tono que mezclaba determinación y autoridad — Tenemos cosas de que hablar.
Dijo seriamente y yo solté una carcajada sarcástica, tan amarga como necesaria.
— ¿Cosas de que hablar? —pregunté, arqueando una ceja — Ninguno de los dos tiene nada de que hablar con el otro, no te confundas.
Él me miró fijamente, sin ceder ni un centímetro ante mis palabras.
— Sí, tenemos y lo sabes —replicó, con esa voz que siempre había tenido el poder de incomodarme.
Supe que no podía dar marcha atrás ante su necedad; la conversación que se avecinaba iba a ser inevitable. Artemis dio un paso más cerca, y la intensidad de su mirada me recordó todo lo que había sufrido y todo lo que lo había amado en el pasado. Sus ojos se fijaron en mí y luego en mis hijos que estaban lejos, como si estuviera buscando respuestas que nadie le había dado todavía.
— ¿Quién es el padre de tus hijos? — exigió, y el tono de su voz estaba cargado de necesidad y autoridad, provocó que mis manos se tensaran involuntariamente.
¿Cómo demonios no podías reconocer o sentir a sus propios hijos? ¿Acaso la sangre no le gritaba que esos niños eran suyos?
Sin decir nada me incliné ligeramente hacia atrás y dejé que la risa escapara de mis labios, sarcástica e irónica.
— ¿Te asusta el hecho de que puedas ser el padre de mis hijos? — pregunté, permitiendo que cada palabra cayera con un filo punzante, consciente de cómo lo afectaría.
Él parpadeó, sorprendido por mis palabras, y luego habló, intentando mantener la calma, aunque su voz revelaba que algo dentro de él se agitaba:
— Parecen tener casi cinco años… — dijo, como midiendo el tiempo que había pasado desde mi partida — Eso coincide con el momento en que desapareciste y aún estábamos casados.
— Sí, es verdad y justo en ese momento me fui después de que decidieras divorciarte de mí — le respondí, con voz firme y controlada, dejando que cada palabra golpeara como un martillo — Es por ese motivo que no tienes derecho a preguntar nada acerca de mis hijos porque ellos son míos y de nadie más.
Artemis frunció el ceño, claramente frustrado, pero no dispuesto a ceder. Sus ojos se clavaron en mí con más intensidad, insistentes y desafiantes.
— ¿Son de tu primo? —preguntó de nuevo, pronunciando las palabras que habían sido el detonante de nuestra ruptura años atrás. Su nombre salió como un veneno: Nikos Stavros.
La misma persona causante de parte de mi desdicho y la misma que jamás salió a decir la verdad. Sin embargo, en ese momento mi respiración se aceleró, y mi corazón latió con fuerza. Aquella acusación absurda, aquella mentira que había destruido nuestra vida volvió a mi mente con toda su fuerza. No podía, no quería volver a tolerar aquello y entonces exploté. Con un movimiento rápido y decidido le volteé la cara con fuerza, mirándolo directamente a los ojos, sin miedo. Esta vez, Artemis no tenía poder sobre mí y yo no rogaría por su amor como alguna vez lo hice.
— ¡Escúchame bien! No vuelvas a mencionar a tu primo nunca más — dije, con cada palabra cargada de rabia y autoridad — Jamás tuve nada que ver con él y te lo dije muchas veces, pero no me creíste. Así que ahora exijo que me dejes en paz y te mantengas lejos de mí, como también de mis hijos. Ya no significas nada para mí y todos porque jamás me amaste como verdaderamente lo decías.
Su rostro se tensó luego de sentir aquel golpe, y por un instante pude ver la incredulidad mezclada con rabia. Sin embargo, aquello no me importó. Mi postura era clara, mis palabras eran firmes y mi decisión, inamovible. Esta mujer que él había conocido, que había sido vulnerable y desesperada, ya no existía. Ahora yo era quien dictaba las reglas, y él debía respetarlas.
Dando un paso atrás, asegurándome de que el espacio entre nosotros fuera suficiente. Sentí cómo mi corazón todavía latía con fuerza, cómo mi respiración se mantenía rápida, pero también cómo un peso se levantaba de mis hombros. Había establecido límites claros, y nadie, ni siquiera Artemis Stavros, iba a cruzarlos. Así que giré sobre mis talones y avancé hacia la salida del aeropuerto sintiendo por fin el aire fresco golpear mi rostro. Cada paso que daba me alejaba de él, de su presencia y de todo lo que alguna vez había intentado dominarme. Mis hijos y Kiara me esperaban ya en el auto, y con cada metro que recorría, sentía que recuperaba parte de mi libertad, de mi poder, de la vida que había decidido reclamar.
Cuando crucé la última puerta automática y salí a la luz del sol, sentí un alivio profundo. Artemis permaneció allí, solo, en medio del aeropuerto, incapaz de moverse, incapaz de alcanzarnos. Su figura se veía imponente, pero ahora impotente frente a la fuerza que yo había encontrado dentro de mí misma.
Mis hijos sonrieron hacia mí y Kiara, riendo y hablando al mismo tiempo, llenando el aire con sus ocurrencias y alegría calmaron el ambiente. Yo los abracé con fuerza, sintiendo cómo la realidad se mezclaba con la determinación de lo que vendría. Artemis Stavros había quedado atrás, con sus dudas y su necesidad de respuestas, mientras yo avanzaba hacia nuestro futuro, firme, segura y protegida por quienes más amaba.
Nunca más permitiría que nadie, ni siquiera el hombre que alguna vez fue mi todo, se interpusiera entre mis hijos y yo Esta vez, Nerina Vassiliou regresaba con fuerza, y nada ni nadie iba a detenerla.







