Sus palabras me entraron en la cabeza como una orden sagrada. Su proximidad me resultaba una tortura placentera. Podía ver el movimiento suave de su garganta al tragar saliva y el azul de sus ojos que me desafiaba con una soberbia exquisita. Estaba rindiéndome a su poder. Me gustaba esa sensación de estar atrapado bajo su control, esperando el momento en que decidiera dar un paso más.—Entendido —dije, y mi voz sonó más grave de lo habitual—. Seré lo que tú quieras que sea. Tu capataz, tu escudo