Tenía ganas de tomarla por la cintura, de apartarla de los ojos de los peones y encerrarla en el despacho para demostrarle que, aunque ella mandara en el rancho, mi cuerpo seguía reclamando el suyo.—Killian —me llamó ella, girándose a medias para mirarme.—Dime, Sienna —respondí, bajando la cabeza un poco de manera involuntaria, rindiéndome a su presencia.—Acompáñame al despacho de mi padre. Necesito que revisemos los libros de inventario ahora mismo. Muchachos, a trabajar.Los peones se dispersa