Killian
Mis palabras quedaron suspendidas en el aire helado del despacho. Sienna me miraba con la barbilla levantada, con los labios rojos e hinchados por la rabia de nuestros besos y la ropa manchada de mi propia sangre. La respuesta que acababa de pronunciar me atravesó el pecho con más fuerza que cualquier bala. Quería hacerme a un lado, quería obligarme a pagar por el engaño de la cláusula y marcharse para siempre.
Me acerqué a la mesa de roble y tomé la carpeta de cuero gastado que contení