El sonido del gallo me arrancó del sueño. No porque quisiera dormir más, sino porque había soñado con él. Con sus ojos fríos, con esa maldita forma en la que su voz se arrastraba por mi piel como si pudiera cortarla. Me levanté antes de que el primer rayo de sol tocara el cielo, me di una ducha con agua templada y me vestí sin pensarlo demasiado. Vaqueros, camisa, el cabello atado con rabia. A las seis en punto, me presenté en los establos. Ni siquiera pasé por la cocina a buscar una gota de combustible, negro, café. No iba a permitirle a ese hombre decir algo que minimizara el logro de ayer.Cuando llegué, él ya estaba allí.Apoyado contra un poste de madera, como si fuera dueño del amanecer.Llevaba el sombrero echado hacia atrás, el rostro sombreado por la mañana y ese maldito aire de hombre que lo ha visto todo y que no siente nada.—Llegaste puntual. Te creí más blandita.—Y yo creí que los hombres rudos no esperaban. ¿Te traicionó el ansia?Sonrió, pero no era una sonrisa real. E
Leer más