El sol me castigaba sin piedad. El calor era tan insoportable que sentía la tierra bajo mis botas como si fuera una plancha al rojo vivo. Pero no me importaba. No podía permitirme pensar en eso ahora. El animal frente a mí, con su pelaje oscuro y los ojos brillando con rabia, exigía toda mi atención. Sabía que si no dominaba a ese caballo hoy, la humillación sería aún más dolorosa.El maldito corcel retorcía su cuerpo, lanzando al aire sus patas traseras con fuerza, como si deseara que el mundo entero se apartara. Y yo, ahí, en medio del caos, sentía el eco de esa misma rabia ardiendo dentro de mí, resonando en mis huesos. No iba a rendirme. Sabía lo que me esperaba si fallaba.Mi respiración era profunda, controlada, aunque mi cuerpo temblaba ligeramente. El miedo nunca debería ser visible. Así me enseñaron, a no mostrar debilidad.El sudor me resbalaba por la frente mientras intentaba sujetar las riendas. El caballo, desbocado, me miraba con esa furia animal, como si pudiera percibi
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