Me quedé parado detrás de ella, observando el contorno de sus hombros bajo el abrigo oscuro, el cabello despeinado por la pasión de hace un momento y la forma en que respiraba con agitación. Me sentía como un esclavo rendido a sus pies, un hombre derrotado que solo deseaba volver a poner las manos sobre su piel, pero que sabía que no tenía derecho ni de rozarle el abrigo.
Sienna se giró despacio para mirarme. Tenía las mejillas encendidas por el frío y los ojos azules brillando con un orgullo n