La adrenalina del parto, el fuego y los gritos se habían evaporado.
En su lugar, solo quedó un silencio absoluto y estéril, roto únicamente por el suave zumbido de las luces del hospital.
Aurora era un cascarón vacío. Cada centímetro de su cuerpo latía con un dolor profundo y magullado. Estaba en una pequeña habitación privada, pagada en efectivo por Elias bajo el nombre de Madame Rousseau.
Elias dormía en un sillón junto a la ventana, aún con su abrigo de tweed puesto. Lucía antiguo, frágil y