El clic del cerrojo, al girarlo, fue el punto final que marcó la muerte de su infancia.
Aurora estaba en el suelo, con la espalda apretada contra la madera fría y pulida de la puerta, en la pequeña y oscura oficina sin ventanas.
Ya no temblaba.
Los violentos y silenciosos temblores que habían sacudido su cuerpo momentos antes habían pasado, dejando tras de sí una extraña y entumecida quietud. A la chica "enferma", a la hija "histérica" que había querido gritar, se le había concedido su breve y