El abrigo negro se había convertido en su ritual.
Todas las madrugadas se ponía su creación de lana hervida para protegerse del frío en su caminata hacia el café. Al colgarlo en la pared de la cocina, se transformaba en "l'Américaine", la lavaplatos fantasma con el cabello teñido y las manos llenas de cortes. Al volver a ponérselo, volvía a ser ella misma. O mejor dicho, la mujer que estaba construyendo.
El café siempre era ruidoso y lleno de vapor, pero ella solo sentía el peso de una mirada.