El "arte de sobrevivir" no era una obra maestra. Era un boceto brutal y agotador, trazado día a día.
Comenzaba a las cinco de la mañana con la alarma estridente de su teléfono desechable, arrancándola del colchón hundido del ático. Y continuaba con una violenta ola de náuseas ácidas antes de que sus pies descalzos tocaran el suelo de madera helada.
Ese malestar era su nuevo compañero. La prueba física e innegable de la vida que estaba protegiendo.
Luego venía la caminata en la oscuridad previa