El golpe del tren de aterrizaje sobre la pista de Charles de Gaulle fue un impacto físico.
Los ojos de Aurora, secos y ardientes tras un vuelo de siete horas sin pegar ojo, se abrieron de golpe. Había existido en un tubo de metal presurizado, un fantasma a treinta mil pies de altura, con la mano plana sobre su vientre como si pudiera sostener físicamente el secreto que era su única ancla.
París.
La palabra alguna vez había significado arte, luz y libertad. Ahora solo significaba "lejos".
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