El potente motor del auto negro rugía, devorando los kilómetros de la autopista y dejando muy atrás las luces de las camionetas de Liam.
Aurora miró por el espejo retrovisor. La niebla de Montauk había tragado a sus perseguidores. Estaba a salvo, al menos por ahora.
—Estuviste a treinta segundos de terminar en una habitación acolchada con una camisa de fuerza —dijo el hombre, sin apartar la vista del camino—. Te lo dije. Liam no está jugando.
—Yo tampoco —respondió Aurora, quitándose la gorra p