Tío Mario entró en la habitación con la discreción de alguien entrenado para no ocupar más espacio del necesario. Extendió el teléfono hacia Isabela con un gesto breve.
—Es para el señor Maison.
Isabela tomó el dispositivo sin mirar la pantalla y lo dejó sobre la mesita de noche, boca abajo.
No era asunto suyo.
Y había aprendido, a un alto precio, la importancia de saber dónde terminaban sus propios asuntos.
Desde el pequeño banco junto a la cama, Killian observaba a Nina con aquella vigilancia