Dentro de la oficina, Betane estaba en su hábitat natural: una pierna cruzada sobre la silla, una papa frita colgando de los labios y los dedos volando sobre el teclado. Sin embargo, su admiración por sus socios crecía cada día. Siempre que el código se obstinaba en presentar un error, Francis lo identificaba con una mirada clínica; e Isabela, con su experiencia, era todavía más ágil y precisa.
De repente, el silencio de la sala se rompió por el rugido do estómago de Betane. Ella desvió los ojo