El contraste era brutal. El frío y el hedor a humedad del sótano se desvanecieron cuando la puerta se cerró. Un ascensor de lujo los llevó al último piso, a la oficina de Liam, una fortaleza de cristal y acero. El aire allí era limpio, esterilizado, pero la tensión que llevaban consigo era un peso que ni siquiera el aire podía disipar. Ambos estaban en silencio. Elías, sin decir nada, se sentó en el sofá de cuero, su mirada perdida en las luces de la ciudad. Liam se sirvió un whisky, el hielo t