Elías no perdió el tiempo. Con el teléfono de Liam aún en la mano, la imagen de su madre en el comedor era como una quemadura en su retina. La foto no era solo una amenaza; era una declaración. Ates había entrado en el único santuario que le quedaba a Elías: su familia.
"Tenemos que irnos. Ahora", le dijo a Liam, su voz tensa. "Mi padre. Ates ya está en su casa. O lo estuvo".
Liam, su mente ya en modo de combate, se puso de pie. "Mi equipo se encargará. Tienen órdenes de rodear la mansión Anton